martes, 17 de agosto de 2010

Ofensas y arrepentimientos...Podríamos ahorrarnos la primera parte para no padecer la segunda.

Son aquellos instantes en los que recibimos un trato inmerecido de nuestros seres queridos, en los que pronunciamos palabras despectivas sin apenas pensarlas.

Las vibraciones de la ira y decepción por aquello que acabamos de escuchar nos impulsan a expulsar insultos y a golpear objeto alguno que cruce nuestro camino. Tratamos de contener lágrimas, mas acabamos por desahogarnos. Y tal vez en ese instante pensemos que se merecen la sarta de palabras malsonantes que están recibiendo a escondidas. Y tal vez las amenazas tranquilicen nuestra ira y orgullo, nos sentimos superiores, absurdamente malvados, con un poder que puede hacer sufrir inmensamente a aquel que se ha atrevido a romper su respeto ante nosotros.


Durante unas horas nos sentimos enfurecidos y repletos de un principio de algo que tal vez llamemos odio. Al pasar un día la decepción ha salido a la luz cubriendo los resquicios del supuesto odio que quedaba.  Más tarde le sigue la tristeza.
Y por último los remordimientos y el arrepentimiento al recibir el perdón, lo cual me parece absolutamente egoísta por nuestra parte, pero admito que también me ocurre como ser racional que soy.

Al observar un rostro también arrepentido del que nos ha causado daños, nuestra coraza que parecía incapaz de perdonar  se desploma junto nuestro orgullo, y acaba por transformarse en otro remordimiento que remueve nuestra conciencia. Al final recordamos que son seres que queremos. Cometen errores que, a nuestro pesar, nos causan un dolor extremo, y a través de meras palabras. Pero todo se debe a un momento de tensión, un mal día o un ascenso desorbitado del orgullo. 

Al fin y al cabo, como he mencionado hace un par de líneas, todos cometemos errores y tarde o temprano, rectificamos y comprendemos que no vale la pena ofender para más tarde sentirnos miserables en nuestro interior.

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