Entré por la puerta que llevaba al destino. Aguardé unos instantes para hacerme la idea de dónde estaba a punto de entrar. Escuché un ruido extraño, y descubrí que era el rechinar de mis dientes.
Los escalofríos poblaban mi cuerpo. El pelo de mi nuca, y si apuramos, incluso el vello de mis brazos estaba completamente erizado.
A unos segundos de descubrir que me aguardaba, cuál sería mi meta. Cuál sería la cima de mi vida.
Por fin sabría por dónde dirigirme, marcar mi ruta, mi camino a seguir, hasta alcanzar aquello que vería en unos instantes.
Esperaba encontrarme con una mujer con valor, con una familia, una situación económica más bien mediocre, una situación social pobre. Un empleo desconocido.
Y al atravesar el aura descolorida que rodeaba la puerta al destino, me arrepentí de haber pisado si quiera aquel lugar sagrado.
El destino nos hace modificar cada paso, cada palabra que sale de nuestra boca, pero nosotros no podemos modificarlo a él.
El destino es, queramos o no, irrevocablemente imborrable.
Y nosotros nos adaptamos a él, no él a nosotros.
Con lo cual, no tenté mi suerte ni mi futuro, y volví por donde había venido.
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