Mis párpados han dejado de ser puertas de escape de la realidad que me inunda. Ahora son ventanas que dejan traspasar luz.
Las comisuras de mis labios han cambiado de posición. Cuan increíble resulta que un mero gesto, consistente en modificar la inclinación de los labios, pueda cambiar tu perspectiva, y la de aquellos que la observan.
Por fin puedo retirar de mi escritorio los infinitos diarios de sufrimiento y sustituirlos por otros de recuerdos aceptables. Puedo depositar en la basura la amarga almohada plagada de lágrimas, y en su lugar colocar un algodón de azúcar.
Comprendo ahora los diálogos de comedia, y me arrepiento de no haber reído antes de esta forma.
Lamento no haber cumplido mis objetivos por esa desgana, fruto de la tristeza y melancolía, la añoranza y la soledad en mi interior.
Ahora sé reír cuando hace gracia. Ahora, sé reír cuando no la tiene.
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