sábado, 31 de julio de 2010

Pasados que más vale olvidar.

Olvidar y dejar atrás es, en ciertas ocasiones, la mejor forma de vivir.
Centrarse en el presente, olvidar el pasado, construir un futuro.

¿Si nos duele recordar aquello que hemos vivido, por qué recordarlo?
Más vale ser feliz y hacer felices.

viernes, 30 de julio de 2010

Personas sin personalidad...

Cuando procuramos adentrarnos en aquello a lo que no pertenecemos, adaptándonos a costumbres y modales completamente dispares, terminamos con una sensación de arrepentimiento, un "¿Por qué hice eso?" a lo cual decidimos no responder para no hacer de la situación algo todavía más ridículo (si cabe).
La respuesta habitual a la anterior pregunta suele ser: "Así lo hicieron todos".
Y me pregunto yo... ¿Qué ha sido de nuestra autoridad propia para decidir que hacer o no hacer? ¿Se han esfumado aquellas personalidades que no tratan de asimilar detalles de otras, sino indagar en busca de éstos?
Y si todos somos iguales en cuanto a costumbres se refiere, y resultamos encontrar a alguien con un poco de dignidad y personalidad... ¿Por qué le seguimos discriminando al no realizar lo mismo que hacemos? Por envidia.
Así, sin más. Añoramos aquella alocada sensación de hacer lo que queramos, no estar atados a personas, profesiones o cualquier clase de obligación.

Por qué no ser tal y como somos, sin miedo ante el temido "¿Que dirán?"...
Tal vez así nos introduzcamos en la sociedad mejor de cómo pensamos.


jueves, 29 de julio de 2010

Esperanzas..¿En vano?

Es peor amar y dejar atrás, con esperanzas, que amar y no ser correspondido. Lo segundo se olvida con el paso del tiempo, pero al contrario, de la otra forma aún conservas un pedazo de ese amor, irrompible, hasta no obtener un sí o no por respuesta..

martes, 27 de julio de 2010

1

La semana pasada todo habría parecido absurdo. En el caso de habérselo contado a alguien, me habrían tomado por demente. Nunca creí en aquellas historias, tan sólo eran producto de mi imaginación. Pero, al parecer, todo tiene motivo alguno para ocurrir. Es parte del destino. En esta ocasión, de mi destino.


Hace una semana:

Estoy sentada frente al escritorio, con los dedos tecleando el portátil. Debería entregar la novela en una semana. En realidad, tardo tanto porque tengo dos ideas en mente. Una trata sobre el vivo reflejo del miedo, sobre cómo sería observar el rostro personificado del terror. El sentimiento de temor de cada persona cobraba vida, y según los miedos de cada persona adquiría distintas formas. Se sitúa en la vida de cada ciudadano y narra en primera persona como vive cada uno sus últimos minutos ante la mayor pesadilla de su vida. Aún me encuentro pensando un final impactante, pero que a su vez deje buen sabor de boca, y no todo trate de aterrorizar a los lectores. Creo que es una novela que gustará.

También escribo un breve borrador sobre cómo sería el día a día de alguien que, inconscientemente, puede controlar de cierto modo la vida de todas las personas. Dicha obra posee ingredientes opuestos: pánico y bienestar, cuya combinación hacen de cualquiera que lea cada línea presa de un sinfín de sentimientos. Tal vez el lector en un periodo de unas horas, haya experimentado un pavor y un alivio absolutos.

Suena el teléfono. Me sobresalto, puesto que en este instante escribía precisamente como la pesadilla y su víctima entablaban una conversación telefónica. Pero me tranquilizo. Es ficción.

Al teléfono escucho una voz irreconocible. No sabría decir si se trata de un hombre o de una mujer, pero dice ser la directora de la editorial a la que escribo. Su nombre es Bárbara. Recuerdo haber conocido otra mujer con el mismo nombre, pero en este instante no consigo asociar un rostro. Estoy demasiado excitada por la llamada y por procurar comportarme de forma correcta, tal y como ella espera, en vez de anunciar a gritos lo satisfecha que estoy con mi primera novela. La primera de muchas, espero.

Cuando hablo por teléfono con Bárbara, soy incapaz de prestar atención a otra cosa que su voz. Parece atractiva en un principio, pero deja entrever resquicios de frialdad y maldad. Una voz que esperas encontrar en la protagonista de una película de terror, y a su vez que podría ser de una mujer susurrando al oído de su marido. Cuando creo captar el aliento frío de Bárbara a través del teléfono, escucho pronunciar unas palabras ininteligibles. Confusa, le pido amablemente que repita lo último dicho y ella contesta que tan sólo me espera la semana que viene en una dirección que apunto rápidamente y parece corresponder al edificio de la editorial.

Cuelgo después de escuchar los pitidos que anuncian el fin de una llamada. Que mujer más extraña, más bien misteriosa. Me trataba como una vieja amiga a la que anhela ver, como si supiera exactamente como atraer mi atención.

Supuse que eran estrategias para resultar amable y que así yo tratara de satisfacerla con mis novelas. Tranquila, Bárbara, estarás más que satisfecha. Todo va a la perfección.


por ahora.

lunes, 26 de julio de 2010

Los días pasan y los recuerdos continúan.


A las dos y cuarto de la mañana rondaban por mi mente pensamientos completamente dispares.
Anhelaba su voz, deseaba escuchar ese sonido que llenaba el vacío de mi corazón.
Cuando estaba segura de llamarle, marcaba su teléfono en mi móvil, y siquiera acabé de escuchar un "¿Hola?" al otro lado del aparato, pulsé la tecla roja que indicaba el fin de la llamada.
"Cobarde, no eres capaz de hablar con la persona que quieres". Dichas palabras provenían de una parte de mi mente.
La otra parte pensaba que lo más sensato era esperar a que llamase él (si se dignaba a hacerlo). En el caso de no llamar, no estaría interesado en mí.
Pasaron minutos que parecieron horas, horas que parecieron días... y así sucesivamente. Mi taza se llenaba y vaciaba de café a una velocidad desmesurada, y mis ojos estaban cada vez más abiertos y yo, más despierta.
Con el afán de olvidarme de todo aquello, decidí dar una vuelta por los alrededores de mi casa.
Los bares que siempre frecuentaba se encontraban cerrados, pero uno de ellos estaba todavía abierto.
La puerta estaba entrecerrada, y el dueño recogiendo las míseras propinas que había recaudado.
-¿Cómo ha ido hoy, Mathias? - Qué absurda me pareció la pregunta después de observar como Mathias se encogía de hombros, y señalaba la caja registradora prácticamente vacía. - El verano es una época de escasas ganancias, lo sabes ¿no?. Vacaciones, bares situados a orillas de la playa dónde siempre huele a aceite y alcohol, fiestas nocturnas... La gente parece olvidar que donde son realmente felices es en los lugares de siempre con los amigos que nos han acompañado toda la vida.
Mathias me miró, sonrió a modo de agradecimiento, y suspiró. Parecía triste. Rectifico, estaba triste.
Su siempre vivaz mirada añil ahora parecía desolada. Algo debía de ocurrirle a aquel joven empresario.
-Liz, siento la descortesía, pero en estos momentos estoy cansado y con ansias de caer en un sueño profundo. ¿Y tú, otra noche en vela?
Bastó escuchar mis suspiros de desgracia para comprender que así era.
¿Por qué nos sumergimos en el pasado, nos anclamos a él y construimos nuestro futuro con el propósito de revivirlo? Inexplicable. Como otras muchas cosas.
Pedí amablemente algo para comer y un refresco, y traté de hacer añicos la sensación de añoranza que plagaba mi cuerpo.




domingo, 25 de julio de 2010

El frío golpe de la realidad..

Tal vez sea hora de abrir los ojos, creer lo que está ante nosotros en vez de procurar ignorarlo, y ser feliz de otras maneras distintas.

Vivir en un mundo de mentiras nunca es eterno. Acabas abriéndote ante la verdad, o ella termina por golpearte de frente, causándote aún más dolor.


Cierto es que nos parece preferible que las cosas continúen como siempre lo hicieron, que su rumbo sea regular y preciso. La rutina puede llegar a formar parte de nosotros de tal forma que nos alegra. Un cambio descolocaría todo, nuestras vidas, nuestra paz.
Pero tal vez todo deba cambiar de una vez, y descubrir que los días no son instantes, en ocasiones breves, en ocasiones más extensos, que transcurren uno detrás de otro, en fila, sin esperar sorpresa alguna. Los días son limitados, así que nos conviene saborear cada segundo como el más exquisito manjar.
Se dice que el tiempo es oro. El oro es algo material, algo que carece de valor sentimental. El tiempo es más que eso. Es un regalo que se nos brinda para aprovecharlo y disfrutarlo, y no hacemos más que malgastarlo y buscar excusas para deshacernos rápidamente de él.



El tiempo es un valor escaso gracias al cual disfrutamos de aquellas delicias y sinsabores que la vida nos ofrece..


jueves, 22 de julio de 2010

Más débil de lo que pensaba.

Pasan los días. Todo cambia a una velocidad increíble.
Un día caigo, un día me levanto, vuelvo a caer... Pensando que realmente me ha servido para aprender de mis errores, pero no hago más que cometerlos repetidamente.
Pero, ahora todo va a cambiar. Lo prometo, incluso lo juro.
Algún día cambiará, pero hasta entonces cumpliré la promesa.
Cuando esté a punto de fallarme a mí misma, recordaré las consecuencias que tiene.
Lo hago por mí, lo hago por ellos.

Prefiero no pensar que pasará si vuelvo a fallar. Basta con no hacerlo, y no tendré siquiera que hacerme la idea.


domingo, 11 de julio de 2010

¿Edad o madurez? No son directamente proporcionales.

Las tres de la mañana.
Hoy es mi cumpleaños.
Dicho así, tan fríamente, parece que no me importa en absoluto.
Y es la realidad.

De acuerdo, no voy a negar que es agradable el hecho de escuchar decenas de felicitaciones, recibir regalos, soplar velas... también pedir deseos, que puede que algún día se cumplan, o tal vez no.
Quizá por tradición todavía se festejan los cumpleaños de dicha forma.

Globos, papeles de regalo por todas partes, dulces, y los entrañables tirones de orejas.

Pienso yo...¿Acaso van a notar un año más? De un día para otro, nadie madura, nadie crece, nadie cambia. Un día más, con la simple diferencia que recibes regalos.


Para mí, la edad no se mide en años, ni días, ni en cualesquiera de las medidas de tiempo que existan.
La edad de una persona se determina por su madurez, que se va adquiriendo según vive unas u otras experiencias en su vida. Quizá un hombre de cuarenta años sea más inmaduro que uno de veinte. ¿Por qué no?


A todo esto, prefiero decir que "cumplo" quince años , a juzgar por mi madurez,
pero en cuanto a la realidad se refiere... a partir de este mismo día, tengo trece años.


viernes, 9 de julio de 2010

Recuerdos..¿?

"Marina me dijo una vez que sólo recordamos aquello que nunca sucedió"
Carlos Ruiz Zafón - Marina


Historias imposibles que nuestra imaginación construye, pieza a pieza. Amores improbables que permanecen clavados en nuestros corazones como espinas, sumamente indestructibles.
Fantasías que nos hacen soñar despiertos...



Sueños cercanos, felicidad presente.

Cuando no puedas más, cuando sientas que nada te sonríe, cuando llores sin tener un motivo presente...
Cierra los ojos con fuerza. Sueña con aquello que deseas. Cuenta los pasos que quedan para alcanzarlo. No te agobies si son demasiados, nunca lo son.
Fantasea con ello, aliméntate de tus ilusiones día a día, ríete de los baches del camino, pues créeme, los habrá. Mayores o menores, pero ahí estarán, para enseñarte que no todo es bueno. Si todo fuera bueno, la monotonía haría que realmente todo fuese malo de mero aburrimiento. Piensa en ello y entonces verás que es verdad.

Con lo malo, aprendemos, con lo bueno, mejoramos. Cada día más cerca de alcanzar nuestros deseos y ambiciones.

Saborea cada instante de felicidad mientras lo vivas como el más preciado manjar, para no tener que hacerlo a base de recuerdos.



La felicidad, aquella extraña... no descansaré hasta encontrarla.


jueves, 8 de julio de 2010

Obsesiones.

. En ciertas ocasiones, hay adicciones que creemos que nos harán pasar un buen rato. Algunos muerden el anzuelo... Cuando descubren dónde están, creen que es demasiado tarde y no luchan por continuar. Ése es su fallo. Dan por supuesto que, llegados al punto en el que se encuentran, luchar por vivir de nuevo una existencia digna de llamarse vida, es algo absurdo.

Ahora nosotros pensamos "es su problema, no haber caído en la trampa de la tentación".
A parte de ser egoísta por nuestra parte pensar eso, deberíamos pensar también que cualquier día nos puede ocurrir. Sin darnos cuenta, por presumir, por fines simplemente superficiales...
Incluso, lo que pensamos que no es un problema, una obsesión, algo que podemos detener cuando así lo deseemos... resulta no ser así.
Creemos controlar la situación, pero es ella quien nos controla.
Por suerte, existen personas que nos ayudan a superar todas esas dificultades. Se preocupan y luchan por nosotros, nos auxilian cuando necesitamos ayuda y cuando no, nos protegen de cualquier tentación... Se ofrecen como refugio.
Cuando todo acaba, cuando conseguimos superarlo... ellos se sienten orgullosos de nosotros porque lo hemos conseguido. ¡Alguien orgulloso de nosotros! Es una sensación increíble. Yo pienso que a esas personas les debemos más que un mero agradecimiento.

Tampoco es cuestión de preocuparse por absolutamente todo lo que hacemos. Tan sólo, concentrémonos en vivir la vida.
Llegará un día (más próximo, menos próximo, eso no lo sabemos) que no podamos volver a caminar, a comer, a respirar, por nosotros mismos. Echaremos de menos todo aquello.
Quizá lamentaremos no haber aprovechado mejor el tiempo... y nos abrumará el saber que jamás lo recuperaremos, que lo hemos perdido.
Ahora es el momento de vivir. Aprovechar el tiempo, no obsesionarse por hechos ridículos.
Vivir para vivir.



Ahora, no volver a caer, combatir contra la incitación a hacerlo... Es difícil. No siempre se consigue, lo sé. Tan inevitable..
Pero continúa, pelea, combate... ya no por ti, sino por ellos.


miércoles, 7 de julio de 2010

Ha vuelto.

Aquel día a la hora en la que todo empezó.

No podía concentrarme. Los exámenes de la facultad estaban próximos, y decenas de libros invadían mi escritorio. Libros que me resultaban increíblemente aburridos, y a pesar de ello poseían páginas y páginas subrayadas, marcadas, destrozadas por el uso.
Iba y venía de un lado a otro, debí recorrer la casa cientos de veces. De mi habitación al salón, del salón a la cocina, de la cocina a... en fin.

Cuando creía haber olvidado todo, haber introducido mis recuerdos en un recóndito lugar de mi mente, todo volvía a empezar.
Llevaba un tiempo sin volver a verle.
Recuerdo la fecha exacta:

Trece de octubre de mil novecientos noventa y siete.
Rondaban las cinco de la tarde, las seis quizá.
Las clases habían terminado hacía varias horas, y me encontraba en la cafetería. Le pedí una bebida a un atractivo camarero, de tez oscura y ojos claros.
Continué mi lectura, esta vez se trataba de Despertar (L.J .Smith). A apenas diez páginas de acabar el libro, la puerta de entrada se abrió. Lo percibí por el tintineo de las campanas que colgaban de dicha puerta. No levanté la vista, tan sólo desvié la mirada de la página que leía hacia la vestimenta de aquel que entró.
Deportivas rojas, pantalones vaqueros. Continué elevando la mirada. Camiseta azul añil, que permitía admirar su excelente forma física.
Observé sus facciones. Eran perfectas, y su conjunto construía la faz más dulce que jamás había tenido el placer de contemplar. Tez pálida, cabellos castaños, grandes ojos verde oliva, sonrisa no menos que angelical.
Reparó en que le estaba examinando de arriba a abajo, y se acercó a mi mesa. Procuré concentrarme de nuevo en la lectura, pero era imposible.


Ahora, han pasado casi trece años.
Le conocí en profundidad. La dulzura de su rostro no estaba en equilibrio con la de su personalidad.
Era cruel, sanguinario... era un asesino. Me había enamorado de un criminal. Pero el corazón actúa por sus propias razones, sin pensar.
Cuando le dieron por muerto, tras derramar lágrimas diariamente, levanté la cabeza y comprendí que la vida seguía. No sería igual, quizá nunca me volvería a enamorar, pero seguía.
Y ahora... él ha vuelto.


martes, 6 de julio de 2010

Miedo y temor.

Me encontraba sentada al borde de la orilla . En pleno atardecer, las olas iban y venían dulcemente, como quien mece la cuna de un pequeño. El mar, con su azul intenso, me hacía sentirme pequeña.
Yo escribía en mi libreta negra todo lo que discurría por mi peculiar mente.
Escuché pasos. Y nadie solía presentarse en esta playa, excepto yo.
Eran débiles al principio, cada vez se escuchaban más cercanos. Percibía como mi respiración era más acelerada, y mi corazón latía cada vez más deprisa.
No sabía que hacer. Pensé en huir, pero un extraño pensamiento invadía mi cerebro, convenciéndome que no serviría de nada, que aquello que estaba a escasos metros de mi me atraparía en cuestión de segundos.
Decidí permanecer quieta. Si era un animal, no me haría daño al no verse atacado.

Pasaron minutos que parecieron eternos. Cuando creía que todo se había calmado, cometí un error. Un terrible error.
Me di la vuelta.
Lo vi.
Todo fue increíblemente rápido, pero todavía lo recuerdo. Su rostro era siniestramente bello.
Me miraba. Tan sólo me miraba con unos exorbitantes ojos rojos. Tan rojos como... la sangre.
Sonreía. Su sonrisa era tan atractiva que me invitaba a ir hacia él.

Me vi hipnotizada por su tétrica belleza. No paraba de repetirme que no me haría daño.
Me acerqué un poco. Y un poco más.
El me miró por última vez. Sus ojos se vieron surcados repentinamente por ojeras color púrpura.


Se precipitó hacia mí. No podía retenerlo. Hice amagos de gritar, pero mi garganta estaba siendo desgarrada por unos colmillos, antes blancos, ahora rojos.
La sangre se derramaba, no paraba. El dolor era tan descomunal que perdí el conocimiento.


Segundo.

Levanté la vista y me crucé con sus ojos. Verdes, azules, grises... de un color insignificante comparado con la intensidad que desprendía su mirada.
Le agradecí que recogiera mi libro, explicándole mi inmensa torpeza a modo de disculpa. Pude observar como reía.
Aquella risa me producía una sensación de incomodidad. Quién sabe si el motivo por el que reía era mi ridículo intento de resultar atractiva. Sería eso, puesto que no recordaba haber dicho nada gracioso.
De repente, mis intentos de seducirle, mediante absurdos movimientos de pelo y alguna sonrisa pícara, se transformaron en deseos de irme.

Tomé el libro de sus manos rápidamente, vigilando que el marca páginas permaneciera en su lugar. Estaba intacto.
Con un breve "hasta luego", me puse en pie dispuesta a continuar mi camino y a retomar mis pensamientos, melancólicos pero, al fin y al cabo, reales.

Un "espera" llegó hasta mis oídos. Giré la cabeza y pude comprender que había sido él quién lo había dicho.
Le pregunté si quería algo, procurando mantener una actitud prepotente.
-Mi nombre es Eric.
Vaya... Quizá mis grotescos intentos de seducción habían surtido efecto.


Lo que yo no sabía, es que a partir de ahora ese nombre revolotearía en mi mente día y noche, sin apenas dejarme descansar.

lunes, 5 de julio de 2010

Música que hace sentir.

Hay canciones que nos hacen sonreír, porque nos recuerdan sucesos agradables que ocurrieron mientras esa melodía endulzaba el ambiente.
Estribillos pegadizos, letras que se asemejan a nuestra historia, voces que somos incapaces de olvidar...

La música puede ser una salida de nuestros problemas.


Así pues, sonríe, abre bien tus oídos y disfruta.