Dicen del dolor que se siente al ser golpeado, insultado. Hablan de aquel dolor que se siente cuando no sabes qué hacer, la incertidumbre inunda tu mente, el estrés galopa a ritmo desmesurado.
Aquella brisa gélida que atraviesa nuestro corazón, lo bloquea de abarcar sentimiento alguno más que tristeza y soledad, lo rasga, lo araña... la brisa de la soledad.
La mayor parte del tiempo otras personas que apreciamos y les poseemos un afecto conviven junto a nosotros.
Ellos aportan a este día tras día tal vez la sonrisa que forma la carcajada, o evitan que convivamos cual persona autista. Digamos que, gracias a ellos, no caemos en la demencia y podemos compartir sentimientos.
Mas no nos comprenden como queremos.. Tal vez algo te remuerde la mente, te persigue, y al tratar de confesarlo a una de aquellas personas, obtienes la respuesta inesperada. Vacía, carente de valor para ti.
Quién realmente puede ser nuestro bastón en el pedregoso camino de la vida son las personas que nos han dicho la verdad en todo momento. Que han soportado nuestras lágrimas y nuestras histerias, las únicas cuyas palabras han podido darnos la fuerza suficiente para luchar.
Cuando desaparecen esas personas, chocas contra el vidrio de tu autoridad sobre ti mismo, que creías inexistente.
Unos buscan la salida inexistente, corriendo despavoridos por aquel terrible descubrimiento. Otros no avanzan, se quedan en un punto neutro sin saber qué hacer.
¿Yo? Yo comienzo a andar con el bastón que mencioné. Todavía cojeo, pero gracias al bastón comprendo la realidad y las bases que debo comprender para poder continuar el viaje.
Poco a poco, voy guardando el bastón en el cofre siempre presente del corazón. Cuando siento perder las fuerzas, algo cada vez más inusual, trato de apoyarme en mi bastón y él me brinda precisamente lo que necesito.
Jamás debemos olvidar que allí están ellos. No debemos ignorar lo afortunados que somos.