martes, 6 de julio de 2010

Miedo y temor.

Me encontraba sentada al borde de la orilla . En pleno atardecer, las olas iban y venían dulcemente, como quien mece la cuna de un pequeño. El mar, con su azul intenso, me hacía sentirme pequeña.
Yo escribía en mi libreta negra todo lo que discurría por mi peculiar mente.
Escuché pasos. Y nadie solía presentarse en esta playa, excepto yo.
Eran débiles al principio, cada vez se escuchaban más cercanos. Percibía como mi respiración era más acelerada, y mi corazón latía cada vez más deprisa.
No sabía que hacer. Pensé en huir, pero un extraño pensamiento invadía mi cerebro, convenciéndome que no serviría de nada, que aquello que estaba a escasos metros de mi me atraparía en cuestión de segundos.
Decidí permanecer quieta. Si era un animal, no me haría daño al no verse atacado.

Pasaron minutos que parecieron eternos. Cuando creía que todo se había calmado, cometí un error. Un terrible error.
Me di la vuelta.
Lo vi.
Todo fue increíblemente rápido, pero todavía lo recuerdo. Su rostro era siniestramente bello.
Me miraba. Tan sólo me miraba con unos exorbitantes ojos rojos. Tan rojos como... la sangre.
Sonreía. Su sonrisa era tan atractiva que me invitaba a ir hacia él.

Me vi hipnotizada por su tétrica belleza. No paraba de repetirme que no me haría daño.
Me acerqué un poco. Y un poco más.
El me miró por última vez. Sus ojos se vieron surcados repentinamente por ojeras color púrpura.


Se precipitó hacia mí. No podía retenerlo. Hice amagos de gritar, pero mi garganta estaba siendo desgarrada por unos colmillos, antes blancos, ahora rojos.
La sangre se derramaba, no paraba. El dolor era tan descomunal que perdí el conocimiento.


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