Le agradecí que recogiera mi libro, explicándole mi inmensa torpeza a modo de disculpa. Pude observar como reía.
Aquella risa me producía una sensación de incomodidad. Quién sabe si el motivo por el que reía era mi ridículo intento de resultar atractiva. Sería eso, puesto que no recordaba haber dicho nada gracioso.
De repente, mis intentos de seducirle, mediante absurdos movimientos de pelo y alguna sonrisa pícara, se transformaron en deseos de irme.
Tomé el libro de sus manos rápidamente, vigilando que el marca páginas permaneciera en su lugar. Estaba intacto.
Con un breve "hasta luego", me puse en pie dispuesta a continuar mi camino y a retomar mis pensamientos, melancólicos pero, al fin y al cabo, reales.
Un "espera" llegó hasta mis oídos. Giré la cabeza y pude comprender que había sido él quién lo había dicho.
Le pregunté si quería algo, procurando mantener una actitud prepotente.
-Mi nombre es Eric.
Vaya... Quizá mis grotescos intentos de seducción habían surtido efecto.
Lo que yo no sabía, es que a partir de ahora ese nombre revolotearía en mi mente día y noche, sin apenas dejarme descansar.
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