La semana pasada todo habría parecido absurdo. En el caso de habérselo contado a alguien, me habrían tomado por demente. Nunca creí en aquellas historias, tan sólo eran producto de mi imaginación. Pero, al parecer, todo tiene motivo alguno para ocurrir. Es parte del destino. En esta ocasión, de mi destino.
Hace una semana:
Estoy sentada frente al escritorio, con los dedos tecleando el portátil. Debería entregar la novela en una semana. En realidad, tardo tanto porque tengo dos ideas en mente. Una trata sobre el vivo reflejo del miedo, sobre cómo sería observar el rostro personificado del terror. El sentimiento de temor de cada persona cobraba vida, y según los miedos de cada persona adquiría distintas formas. Se sitúa en la vida de cada ciudadano y narra en primera persona como vive cada uno sus últimos minutos ante la mayor pesadilla de su vida. Aún me encuentro pensando un final impactante, pero que a su vez deje buen sabor de boca, y no todo trate de aterrorizar a los lectores. Creo que es una novela que gustará.
También escribo un breve borrador sobre cómo sería el día a día de alguien que, inconscientemente, puede controlar de cierto modo la vida de todas las personas. Dicha obra posee ingredientes opuestos: pánico y bienestar, cuya combinación hacen de cualquiera que lea cada línea presa de un sinfín de sentimientos. Tal vez el lector en un periodo de unas horas, haya experimentado un pavor y un alivio absolutos.
Suena el teléfono. Me sobresalto, puesto que en este instante escribía precisamente como la pesadilla y su víctima entablaban una conversación telefónica. Pero me tranquilizo. Es ficción.
Al teléfono escucho una voz irreconocible. No sabría decir si se trata de un hombre o de una mujer, pero dice ser la directora de la editorial a la que escribo. Su nombre es Bárbara. Recuerdo haber conocido otra mujer con el mismo nombre, pero en este instante no consigo asociar un rostro. Estoy demasiado excitada por la llamada y por procurar comportarme de forma correcta, tal y como ella espera, en vez de anunciar a gritos lo satisfecha que estoy con mi primera novela. La primera de muchas, espero.
Cuando hablo por teléfono con Bárbara, soy incapaz de prestar atención a otra cosa que su voz. Parece atractiva en un principio, pero deja entrever resquicios de frialdad y maldad. Una voz que esperas encontrar en la protagonista de una película de terror, y a su vez que podría ser de una mujer susurrando al oído de su marido. Cuando creo captar el aliento frío de Bárbara a través del teléfono, escucho pronunciar unas palabras ininteligibles. Confusa, le pido amablemente que repita lo último dicho y ella contesta que tan sólo me espera la semana que viene en una dirección que apunto rápidamente y parece corresponder al edificio de la editorial.
Cuelgo después de escuchar los pitidos que anuncian el fin de una llamada. Que mujer más extraña, más bien misteriosa. Me trataba como una vieja amiga a la que anhela ver, como si supiera exactamente como atraer mi atención.
Supuse que eran estrategias para resultar amable y que así yo tratara de satisfacerla con mis novelas. Tranquila, Bárbara, estarás más que satisfecha. Todo va a la perfección.
por ahora.
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