La envidia es, sin duda, la peor compañera de viajes.
Nos convierte, lenta y dolorosamente, en esclavos del deseo por ser alguien o al menos similar. Nos muerde con aquellos dientes tan punzantes y afilados el corazón y el cerebro, hasta que nos convierte en personas que no escuchan su corazón.
En el caso de escuchar el corazón y no la maldad que habita, desafortunadamente, en algún rincón de todo ser humano, sabríamos que debemos aceptarnos tal y como somos. ¿Algún defecto? Todo puede ser transformado en virtud con el tesón y la voluntad necesarios.
Pongamos de nuestra parte todo lo que sea posible. No pretendamos ser otros, ya que no lo somos.
Tú eres tú, yo soy yo, afortunadamente él es él. Así son las cosas y así seguirán siendo.
Por mucho que procures ser igual que aquella persona a la que crees odiar (y en realidad envidias), en el fondo sabes que no te estás comportando como una persona digna de ser llamada como tal.
Por lo tanto, no tenemos nada que envidiar, ya que sus defectos se ven recompensados con nuestras virtudes y viceversa. Los hay más bellos y a su vez más estúpidos, más solidarios aunque tal vez menos atractivos. Y a todos nos une un deseo de querer ser superiores, sin comprender que todos estamos a un mismo nivel que no acepta superioridad alguna.
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